Mar, 09/30/2008 - 20:30
Se dio, una vez, la circunstancia en la que un modesto gusanillo de arbusto arrabalero, llegó hasta la hoja más erguida de una adelfa. Oteó su alrededor y quedó profundamente impresionado por la visión.
Acostumbrado a desenvolverse en perspectivas de escasos centímetros para cuestiones de primer orden, había descubierto que existía una dimensión muchísimo mayor, que minimizaba todo su concepto mundanal; contenida dentro una difusa línea negra que circundaba el verdadero final de la nueva realidad.
Con toda urgencia descendió del gigante arbusto y se ocupó en interrogar al resto de animales accesibles de su entorno sobre su descubrimiento.
Una tijereta muy antipática le dijo que eso no existe, que el límite del mundo se encuentra en el charco que impide el paso y que esas tonterías de un más allá son las que llenan el estómago de los pájaros. El gusano caviló que esa misma teoría hubiese sostenido él antes de la visión; era lógico, pero ya no le servía.
Una araña egocéntrica y urdidora le dijo que ella sí lo había visto, cientos de veces, y que sabía el camino y la forma de llegar, pero debía postrarse de rodillas ante su sabiduría si quería que le iluminase. El gusano, decidió que no iba a esperar a que le crecieran las piernas -y que si le crecieran, no derrocharía semejante fortuna en arrodillarse ante nadie-, y continuó buscando mejores informadores.
Unas mariposas le aclararon que esa línea negra es el horizonte, pero que está lejísimos y que nadie ha llegado a verlo nunca de cerca. Cuando comprobaron su determinación por conseguirlo, se carcajearon ruidosamente de él.
Lejos de desanimarse, el gusano decidió que “nadie” desaparece cuando llega el primero.
Otros insectos le tildaron de loco, de rebelde inadaptado, de inconsecuente y desagradecido con los dones que su naturaleza había derrochado en su arrastrado pellejo.
Pero el virus de la inquietud había ocupado toda su capacidad reflexiva. Así, decidió aventurarse a conquistar esa inmensa línea negra.
Teniendo en cuenta la falta de extremidades que pudieran facilitarle un desplazamiento cómodo, bien corriendo o bien volando; se hizo cargo de la titánica tarea que emprendía y de lo valiosa que se podía presentar cualquier ayuda para su desempeño.
Lo bueno de dirigirse al horizonte es que uno no precisa brújula, siempre está delante en cualquier dirección; la única precaución que había que tomar consistía en evitar las curvas y, sobre todo, los círculos.
A pesar de su diminuto tamaño, el gusano recorrió ingentes cantidades de terreno; cruzó completamente la floresta donde vivía, se las ingenió para cruzar un par de pequeños riachuelos escarbando muy profundo y cruzándolos por debajo, tuvo que escalar erguidas rocas de afiladas aristas, y cayó rodando en más de una ocasión por lomas empinadas y troncos barrigones apostados en su camino.
Lo peor llegaba cada vez que ascendía a lo más alto de los árboles para comprobar la distancia que había ganado al horizonte ¡No se notaba nada!
La vida de un gusano es muy corta y el cansancio, y el envite que le proponía su reto, le hicieron plantearse, en más de una ocasión, si no sería mejor haber seguido plácidamente en su entorno natural ignorante de nuevas realidades e inalcanzables confines. Pero la cabeza de un gusano es la parte más pertinaz de su cuerpo, y si había tomado una decisión, sus perezosos anillos no iban a impedir que lo lograse.
Así anduvo durante muchas semanas, una eternidad, para la percepción de quien comprende el tiempo en porciones de minutos. Llegados a este punto sin retorno, no sabría distinguir si su inquietud seguía siendo una meta de enriquecimiento o una obsesión letal; pero las llagas, el hambre y el agotamiento, apuntaban más a lo segundo.
En una de las ocasiones en que ascendía al pico de un árbol para comprobar su cercanía inexistente al horizonte, se hizo eco de la existencia de un pájaro dos ramas más abajo.
Tal vez fuese la locura de la desesperación, o tal vez la fuerza que da la certeza del fracaso para una última embestida; pero fuese como fuera, reclamó la atención de su predador:
-Oye, tú que puedes volar a cualquier parte, seguro que ya has estado en el horizonte; dime cómo es, qué hay allí.-
El ave, no cabía en sí de asombro
-¡Anda, la comida viene a mí, en vez de esconderse! ¡Esto sí que es bueno!-
-Vale- respondió el gusano asumiendo lo que ya era obvio -Pero digo yo, que dado que no has tenido que mover ni un ala para conseguirla, es justo que pagues, en precio que te dignifique como comensal, la respuesta que te pido-
-No tengo ninguna necesidad de dignificarme por cumplir con mi naturaleza- respondió el pájaro mientras se plantaba de un salto frente al pequeño anélido- pero tampoco tengo ninguna necesidad de ocultarte lo que necesariamente vas a descubrir:
Mira hacia atrás ¿No ves que el sitio de donde vienes es ahora una fina línea negra? ¡Ya has llegado al horizonte! El que ves más a delante es horizonte de otro gusano-
-¡Pero… pero este lugar no es negro, ni el final del mundo, ni nada de lo que se veía desde allí!- Replicó confuso el gusano comprobando que era cierto lo que decía el ave.
-¿No, no es negro, ni el final?- y diciendo esto engulló al aventurero.
Hubiese podido añadir un “Es posible, si se sigue con empeño, alcanzar una realidad alternativa pero se paga, inexorablemente, el precio de la anterior” o algo así, pero sólo era un pájaro hambriento frente a un festín, no un gusano pletórico de intelectualidad.
Sáb, 09/20/2008 - 20:42
La Calle
¡Qué calle más larga! Como una vida cualquiera.; es ancha, claro, pero detienen la vista hileras de fornidos vegetales a los lados que sólo dejan una dirección posible a la mirada. Es robusta y colosal, capaz de soportar el tránsito alborotado de miles de personas, pero tan frágil que la persistente caricia del rocío esconde grietas asesinas en sus rincones. Es sólo lo que es ¡Y es tanto, sin embargo...! Es inmensa y obstinada en cansar las distancias con prisa, sí, pero finita. ¡Cuánto me cuesta, en días como este, cruzar esta calle para llegar a casa! El sol se me derrumba por detrás de la farmacia que preside la avenida, como un faro vigía, justo al principio de la calle, y los faroles miran, adormecidos todavía, el ocioso jugueteo de la entrada del otoño con hojas y papeles que arrebata de las papeleras. Hay una neblina tenue que quiere grisear la nitidez de los colores que bullían hace un rato y, en cambio, no es de noche aún; si acaso, es la forma en que esta calle decide satisfecha su jornada. Lo sabe bien aquel mendigo que disiente entre la esquina de la escalinata y la primera columna de su robusto pórtico, desde que existe la iglesia. Parece estar fundido en el paisaje como estatua rubricante del conjunto, el punto de contraste que equilibra; sin él, la plaza no sería la misma; es la conciencia de esta calle. Y la mujer de pelo revuelto, maquillaje gastado y vestido austero, que libra cada día una batalla imposible, contra la suciedad de los portales, entre los números treinta y treinta y seis. Podría parecer que no se fija en estas cosas, que no gasta en miradas confortables, que no tiene tiempo para el deleite, pero no es cierto. Quien esculpe el brillo de los cristales, sabe inundarse con el que regala el viento; lo dicen sus labios entornados con encanto y sus párpados risueños, lo dice la voz que tararea la melodía que danza la bayeta en los cristales. Y el niño, aquel rubito inquieto con cara de pilluelo que cuelga de la mano de su cuidadora sofocada, lo sabe también porque sus ansias de llegar a casa surgen de la hora de esta sibilina niebla, cada día. El flequillo se le apelotona en una frente empapada y ya no flota, la camisa ha burlado el cerco del cinturón por todos lados, el zapato izquierdo ha engullido el calcetín entero hace un buen rato, van a empezar en la tele los dibujos que le entusiasman y le aprieta la barriga. Y el viejo Don Juan, que pasa todas las tardes por la calle de punta a punta, porque le advertí de que eso es bueno, que el ritmo de su corazón se escribe con los pasos que regale a su paseo; es el único que sabe cómo termina la calle con minuciosa exactitud, y el único que sabe mirarla con detenimiento, a pesar de sus cataratas. Lleva un bastón liviano y elegante, como él, con el que va tacando cada baldosa de su recorrido a ritmo de reloj, con un sonido leve y relajado que regala a las aceras como latidos… No tengo prisa, no, no quiero llegar ¡Quién pudiera remolonear junto a una de esas hojas livianas que juega hoy recorriendo los rincones de la calle sin horario ni remordimientos! No, la verdad es que no quiero. No quiero llegar porque me aguarda el asfixiante abrazo de una lapidaria soledad. (***) ¡Uf, qué tarde ando! ¡Hoy sí que me ha pillado el toro! Si están cerrando la farmacia y yo sin recoger todavía! ¿Pero qué hora es? ¡Madre mía, las ocho y media! ¡Qué raro que no haya pasado el médico aún! Es como un reloj, cada vez que llega; sé que me toca recoger. ¡Qué cálida está la calle, hoy! ¡Mírala, qué linda con sus arbolitos deshojándose y las farolas a media luz, y la iglesia tan limpia y tan solemne…! ¡Me encanta esta calle! Faustino, dice que la calle es suya, que él escogió esta calle, no porque en la pared de esa iglesia que de tan fría y húmeda se vuelve asesina saque más que en otros sitios, sino porque delante de esa puerta desfila todo lo que quiere, no en su bolsillo, sino justo delante. Yo creo que, a veces, lo que desfila por delante de su nariz es más alcohol del que debiera. De todas formas, tampoco podemos pedirle peras al olmo, que bastante tiene con la vida que le toca ¡Pobre hombre! Pero estamos de acuerdo, la calle es preciosa, se ve muy desahogada y luminosa, y es muy tranquila desde que la hicieron peatonal; aunque yo creo que deberían prestar un poco más de atención al tema de los adoquines que llegan hasta la farmacia; el pobre Juan las pasa canutas para dar su paseo diario. Un día se va a caer y tendremos una desgracia. Porque mira que lleva años, el bueno de Juan, haciendo su ruta. Es como una condena, como un peregrinaje llevado con devota puntualidad; a su pasito, ayudado de ese bastón tan bonito que lleva con tanto estilo; pulcro y planchado como una tabla me lo tiene la buena de Puri, y el hombre siempre sonriendo y saludando ¡Qué dulzura de hombre, es como si la bondad de la calle se le contagiase! ¡Mira, por allí viene Patricia con mi niño! ¡Esta chica es un tesoro! ¡Dios míos, está hecho un guiñapo, este crío mío no dura arreglado ni cinco minutos! ¡Así, cómo voy a encontrarle un padre decente yo, si parece un gitano! -Aunque debería dejarme de ciertos comentarios. Luis ya empieza a entender las cosas demasiado bien, y podría llegar a pensar que su madre es una buscona. -¡Míralo, qué sinvergüenza, ya está haciendo tonterías, cómo sabe que me tiene loquita! ¡Qué raro, el médico, que todavía no haya pasado por aquí! (***) -Buenas tardes, señorita ¿Ya cierra usted? Bueno, ya va siendo hora, sí. Sí, a dar el paseíto que la tarde está preciosa. ¡Cuídese!- Bueno, pues allá vamos ¡Ay, Dios mío, qué calle más larga! Y más mal hecha ¿Quién habrá sido el ilustre que decidió llenar de piedras asesinas el tramo donde están los bancos? O sea, que si los viejos queremos sentarnos a descansar, tenemos que jugarnos el tipo ¡Anda que… Para darle un premio! Dice el doctor que la ande, que no falte ni un día ¡Pues ahí le andamos, doctor, para que no llegue ese día! ¡Ay, Dios mío, Dios mío! ¡Me da pena el galeno! Porque uno puede que esté viejo y medio chaveta, pero lo que no te deja ver el velo de las cataratas, se aprende a percibir con el olfato de la edad. Claro, que para eso viene la borrachera de la cabeza a estas edades, sino seríamos peor que sabios… ¡Anda, otra baldosa suelta, cuando empiecen las lluvias será de las que empapan zapatos y amargan humores! ¿Por donde iba? ¡Ah, sí, el galeno! La última vez que entré en su consulta le noté una expresión diferente, más grave que las habituales. Esta vez parecía aterrado -y no era yo-, era como esa expresión que he presenciado tantas veces ya, en los rostros de quienes me fueron faltando! No sé si será la tristeza de espíritu que cuando el alma empieza a descomponerse, descompone el gesto, o lo mismo son chocheces mías; pero sospecho que este doctor no será quien me cierre los ojos el día que le dé el disgusto a mi Purita. -Buenas tardes, señora Justina ¿Qué, ya vamos de recogida? ¡Muy bien, pase buena noche, y abrigue al chico, que en nada comenzará a refrescar!- ¡Qué mujer más valerosa y qué niño más formal tiene, y qué bien enseñado! ¡Qué envidia me da Justina! ¡Qué recuerdos! Llena de brío y coraje para sacar al chico adelante, con firmeza y dedicación; ella siempre tiene una sonrisa amable y un gesto sereno ¡Es con diferencia la más feliz de la calle, sólo por poder comprobar cada mañana porqué vale la pena tanta lucha! ¡Ay, Jesús, Jesús, qué cruz nos mandas! Hoy huele especialmente densa la calle, las hojas caídas tienen su razón y su paisaje, y el clima acompaña; el rufián de Faustino, dormirá bien hoy ¡Mira, allí anda con la policía ¡En qué lío se habrá metido esta vez! ¡Si es que no puede ser, cuando se camina por el filo del charco, tarde o temprano se acaba metiendo el pie! ¡Ay, Dios mío, que calle más compleja! Y sin embargo, debo recorrerla cada día para asegurarme de que podré hacerlo un día más ¿No es irónico? El médico se muere de tristeza, está perdiendo la vida que concede y no lo sabe, Justina es el fenómeno mágico que cambia lo pesares por virtud, sin saber cómo, Faustino, con lo que fue, deja desperdiciarse toda una vida en una calle sin saber para qué, el pequeño Luisín escudriña los rincones, de arriba a bajo, ajeno al sentimiento y al peligro de las piedras que acaricia… ¡Ufff, ya estoy desvariando! -Faustino ¿Va todo bien? ¿Sí?, vale, pues nada ¡adiós, adiós!- (***) ¡Jopé, pero cuándo nos vamos! ¡Van a echar los dibujos y seguro que mamá empezará ahora con que si qué guapa te veo hoy, patricia; que sí qué colonia es esa, que si con quién fuiste el sábado, que si cuenta, cuenta; que si qué guapo se le ve a Don Fulanito… ¡Y luego dice mamá que no hay que ser cotillas! Cuando sea mayor, no me voy a casar nunca. ¡Guauu, hoy, dos monedas! ¡Esta esquina es un tesoro, siempre me encuentro algo! Una la guardo para el Domingo, para echarla en la cajita del mendigo Faustino; Mamá siempre dice que hay tener pena de los que están peor y ayudarles, y él está peor que nadie porque el pobre vive en la calle. Aunque si yo fuese mayor y fuese tan pobre, tan pobre, como él, también me vendría a vivir a esta calle porque es la mejor y está llena de gente buena. ¡Ja, ja, ja! ¿Te imaginas ser el hijo de un mendigo? ¡Sin nada que hacer en todo el día, y sin tener que lavarme las manos, ni los dientes… ¡Ja, de mayor, heredaría la calle entera! El Doctor, es un señor muy serio y tiene cara de malo, me mira muy fijamente y hace gestos con los ojos y me saca la lengua o me revuelve todo el pelo… ¿Qué se piensa, que soy un plumero? pero nunca dice nada simpático, mamá dice que es muy educado y muy listo y que tendría que caerme bien, como a ella; que haber si de mayor me hago médico como él. Pero yo voy a ser futbolista. Y el señor Juan, también es bueno, a veces, es un poco protestón y le sale mal genio, (dice mi mamá que eso es normal en la gente tan mayor), pero yo no quiero ser tan viejo nunca; no tiene nada de fuerza y si le da un poco de viento, se cae ¡Vaya rollo! ¡Jooo, venga! ¡Estoy harto, como sigamos aquí se van a acabar lo dibujos, y encima estoy a punto de explotar; aunque no quiero que mi madre me ponga en el árbol, como si fuera un niño pequeño! ¡Encima se está haciendo de noche ya, y todavía tenemos que pasar por la esquina de las piedras asesinas esas que dice Faustino, con el miedo que me da! -¡Pero cuándo nos vamos que me hago pis! ¡No, en casa. Venga mamá, porfa, que ya es muy tarde!- (***) -Agente, yo tengo todo el tiempo del mundo; de hecho, vivo y trabajo aquí; pero creo que contarle cien veces lo que ha ocurrido, no va a cambiar nada. (Parece un castigo de la escuela: Yo lo repito hasta la saciedad y usted lo copia cien veces). ¡Claro que no me afecta, yo apenas le conocía de vista y no precisamente de echar monedas al cazo. Pero también conozco a unos doscientos vecinos más que no lo hacen! ¿Cree usted que debería matarlos por eso? Ya se lo he dicho, se arrojó, de repente, debajo del autobús de línea. ¡Lo vieron todos los que pasaban por ese cruce, pregúnteles a ellos! Yo sólo pasaba por delante. -Sí, Abuelo, va todo bien, no se preocupe, Ale, pase buen día.- -¿Abandonar la cuidad? ¡No hombre, no, tranquilo, de aquí no me mueve nadie (es que tengo que pagar la hipoteca ¡No te jode!). -Oiga, agente, llevo más de veinte años aquí. Cada vez que algún gamberro ha roto los cristales de algún sitio, que dos vecinos la han emprendido a voces, o que ha ocurrido algo fuera de lo normal… He tenido que soportar su tercer grado, sin comerlo ni beberlo. Pues bien, ya que somos viejos compañeros en asuntos de ley y orden de la calle, apunte en su libreta “Se suicidó” y déjeme en paz, que me queda mucho vino por desenvolver. ¡Vale, vale, quedo advertido! ¡Ale, adiós!- ¡Estaba escrito, era cuestión de tiempo que el tema se zanjase de un modo u otro! El medicucho era otro de los que se engaña creyendo que puede emparedar sus miserias tras los muros de su casa, como si fuera una prolongación de la armadura de su máscara. Pero su afición a la escritura y la mía a rebuscar en las basuras, son una mala combinación para cualquier secreto. Da igual que aquellos remordimientos que leí hallaran plácida sepultura en mi silencio, el juez que debía sentenciar no necesitaba libelos. como él mismo escribió, no existe forma de regatearle verdades a la noche. Convulsionaba la paz de su descanso el dedo acusador de su conciencia ¡Es curioso cómo el hombre más apreciado de la calle, termina siendo el más innoble, y si acaso el resto le hubiese indultado, él mismo era incapaz de tolerar su propia podredumbre! Bueno, de todo esto sacaré buenas monedas de los curiosos que vengan a preguntar. Porque, desde luego que en esta calle lo que desborda es la curiosidad por todas las esquinas. Y cómo siempre pasa todos los que quieren opinar se horrorizan de ser opinados. Mira Juan, por ejemplo; toda una vida de maestro, haciendo los delirios de quien se nutre de la ignorancia ajena; practicando, por que de eso se trataba, toda clase de tiranías al amparo de su privilegiada autoridad. ¡Cuántas manos, nalgas y costillas ensangrentadas inventó su vara de avellano! Hasta que una borrachera de poder le inspiró la idea tentadora de que todo lo que apeteciese podía hacerlo ¿Por qué conformarse con lo que se permite, si puedo permitirme todo con lo que conforman? No pasó, su despotismo, del escándalo que los curas supieron enterrar en el olvido. Su cara decoró las portadas de los diarios sensacionalistas un par de días, si acaso. Un ingeniero corrupto y ambicioso del ayuntamiento, le rescataba del punto de mira de la prensa (nunca me lo ha agradecido). A él, tirar al chiquillo por la ventana, le costó una ridícula prisión, una deshonrosa jubilación y una modesta huída donde nadie le recuerde (a mi última y mejor calle, que nunca cobré y de la que más beneficio he sacado, por cierto). Si su abnegada esposa no hubiese sostenido el mástil de su ego con tanto estoicismo, hace mucho que hubiese sido él quien visitara los bajos de un autobús de línea. En cualquier caso, la justicia universal decidió amarrarle al báculo que tanto amaba, de por vida, y obligarle a caminar encorvado, repasando los peligros del hormigón que tanto amenaza devolverle el abrazo. Y sin nada que acotar, Justina, sabe y cuenta la vida de todo el que se cruza; más, si es hombre y pinta bien. Pero niega saber, y no deja que se cuente, quién puede ser el padre del pequeño Luisillo. Puede emplear la vida entera frotando la inmundicia de los cristales de la calle, pero nunca borrará la mácula de su historia, y aunque se empeñe en descubrirle al niño virtudes donde no caben, dudará al presentir que un día deberá contarle que nació de hábitos disolutos practicados contra reembolso. Claro, que quién me manda a mí abrir la boca. Lo único solemne e inquebrantable son las grises losas de esta calle grave que acoge, día a día, cada miedo, cada silencio, cada vergüenza que presencia, calladamente. Suelo apoyar la espalda contra el frío abrazo de este muro y miro fijamente el punto de unión de las paralelas arboladas de la calle. Me quedo hipnotizado así, durante un buen rato, y empiezo a contemplar desfilando por la lengua adoquinada que llega hasta mi pecho, al ingeniero corrupto que olvidó acotar su proyección y se degeneró en cada una de mis miserias: Me veo en el viejo, que camina hacia el final huyendo de él, lentamente, a la velocidad que las cadenas de su pasado le permiten. Me veo en el hombre que sería, de no haber desertado; un prospero cadáver exquisitamente cubierto de atractivos vestidos con que cubrir los gusanos de sus entrañas. Me veo, en el hábil soñador que fui, el torpe esfuerzo que gasté cuando tenía fe en lo imposible, la extraordinaria habilidad que me premiaba el cambio de verdad según la falta. Incluso en Luis… El hombre ligero de pasado, cuando da el valor real que tienen a los tesoros gratuitos de la vida. -¡Por cierto, voy a colocarle un par de monedas más en la grieta de la esquina! - En él, veo al hombre cuando la inocencia le permite elegir lo inocuo de lo falso a lo lesivo de lo cierto. El punto en que un sentir no tiene trampas, y goza del premio ingente de la ingenuidad. ¡No tengo de qué vanagloriarme, ni falta que me hace! Cuando la fábula con la que edificamos el camino de nuestro nombre, lejos de hacerse calle, se hace barranco; puedes tirarte por él o abandonarlo. En cualquier caso, ninguna de las dos opciones dignifica. Me hice tan pequeño que casi logré desaparecer, pero esta calle asesina, me espera en cada piedra. Desde luego, que no quise hacerle un favor aunque se lo haya echo; no delaté su secreto porque de nada hubiese servido, y el empujón… No fue por liberarle, ni para dar desquite de justicia a la cantidad de prisioneros que inocularon sus atroces substancias al servicio de una patria anti-hipocrática, no es mi cuenta. Pero, tal vez, haya sido un accidente escrito en su destino, que yo pasara por su lado dispuesto a no apartarme, como siempre, cuando él pasaba. O, tal vez, fuese que su mente, se distraía, para no llegar al final de su camino, y tal vez, ahora, tampoco quiera.