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Reflexiones ante la crisis

Desde que los sufridos ciudadanos padecemos la crisis financiera que afecta a los mercados bancarios de los países ricos -con todo lo que eso supone- no he hecho más que alguna referencia al tema porque no soy un experto en economía. Cuando leo los análisis que aparecen en la prensa lo único que acierto a pensar es en la locura en la que estamos metidos, en la vorágine incontrolable de los acontecimientos. Cada día estoy más estupefacto y me imagino que no soy el único. Pero esa sensación tiene un punto de compensación puesto que es evidente que todas esas grandes mentes pensantes que desde sus distintas tribunas cada día dan lecciones de lo mal que están las cosas ni fueron capaces de prever lo que está ocurriendo ni lo son ahora de vislumbrar una solución, una salida. Ya dice el refrán que es más fácil predicar que dar trigo. Yo, que cada día me explayo desde esta página y escribo lo que me apetece, ante una situación semejante me siento tan pequeño, tan insignificante que casi ni me atrevo a decir nada que tenga una cierta entidad. Pero, ¿algún economista, algún banquero, algún político, con sus lúcidas mentes entrenadas en aplicar el método científico es capaz de decir nada que no suene a hueco a obviedad, a vació?Sólo voy a atreverme a hacer algunas reflexiones con todo el riesgo del mundo de que puedan ser tachadas de demagógicas y faltas de fundamento. Cuando los defensores del capitalismo salvaje afirman que no hay que intervenir en los mercados, que estos tienen mecanismos de regulación sin la intervención del poder político es evidente que no dicen toda la verdad. Cuando el poder político desde posiciones neoliberales aboga por un Estado raquítico que no intervenga en las relaciones económicas con la excusa -entre otras- que este Estado es mucho más barato para el contribuyente que tendrá que pagar menos impuestos, tampoco dice toda la verdad. En ambos casos los que salen beneficiados son las grandes empresas, las grandes corporaciones, la gran banca, los grandes capitales que se dedican a especular y ponen en marcha toda su maquinaria de fabricar codicia cuyo último fin es siempre el mismo: el enriquecimiento hasta límites insultantes y delictivos de unos cuantos. No importa los riesgos a asumir porque su visión cortoplacista sólo les hace ver los beneficios que tienen al alcance de la mano. Pero cuando este mecanismo salta por los aires el poder político corre a socorrerles. Quienes no querían las normas reguladoras de papá Estado piden ahora las ayudas que salven del desastre a quienes siempre despreciaron la "res publica". Durante los buenos años a enriquecerse y en tiempos de vacas flacas a socializar las pérdidas. Pero hay algo peor: todas esa entidades ahora intervenidas o nacionalizadas cuando pasen los malos años y se saneen con fondos públicos volverán a manos privadas para volver a comenzar el ciclo. Aunque hay quien dice ahora que las cosas nunca más volverán a ser igual.Los gobiernos europeos han llegado al acuerdo de garantizar un mínimo de 50.000 € en los depósitos de los clientes en las entidades financieras. ¿Quién puede estar en contra? El gobierno español aumenta la cifra hasta los 100.000 €. Seguro que quien los tenga dormirá un poco más tranquilo. Pero lo lamentable es que una entidad bancaria no responda por el dinero que sus clientes le dejan en depósito. Un depósito es un contrato entre la entidad y el cliente, como lo es una hipoteca. ¿Por qué he de responder yo hasta el último céntimo de mi hipoteca y la entidad no la hace con mi depósito? ¿Dónde está la igualdad en esta relación contractual? ¿Por qué debo asumir yo el riesgo de su mala gestión y ellos no asumen el mismo riesgo en caso de mala gestión por mi parte? Resulta claro que esta crisis pone en evidencia la perversión del sistema. Los gobiernos deberían ejercer un férreo control sobre la especulación financiera de forma que se proteja al sistema y al ahorrador que en última instancia es el eslabón de la cadena que, visto lo visto, no cuenta para nada.Como decía al principio, no soy economista pero no necesito ningún máster que me enseñe a administrar mis ingresos. Poco duraría mi economía familiar si aplicara los mismos criterios de quienes han hundido tamañas entidades. Sólo se necesita una cosa, sentido común y responsabilidad. Ni una cosa ni la otra parece ser que abunda en las altas cumbres financieras.

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